Por Elvis Berdugo – Vivir en Tránsito
Llegar a Estados Unidos no es solo cruzar una frontera: es cruzar un mundo entero. Al principio todo es nuevo: las calles, el idioma, los acentos, las costumbres… incluso la manera en que la gente te mira. Uno se siente como si caminara entre sombras, tratando de encajar en un lugar que todavía no entiende del todo.
La soledad aparece temprano, muchas veces incluso antes de desempacar. Se hace presente en la primera noche, cuando no hay nadie al otro lado de la pared que te conozca. Nadie que te diga “todo va a estar bien”. Y aunque la ciudad esté llena de gente, se siente como si uno habitara una isla.
La nostalgia pega fuerte. Extrañas cosas que antes dabas por sentadas: el olor del café en la casa, el ruido del vecino, la charla en la tienda de la esquina. Aquí todo es funcional, rápido, distante. Las personas sonríen, sí, pero no te conocen. No saben quién eras antes de llegar.

Y encima de la soledad, la presión. La necesidad de adaptarse, de sobrevivir, de enviar dinero, de no fallar. Te vuelves fuerte, porque no tienes opción. Te conviertes en tu propio soporte, tu propio traductor, tu propia red de apoyo.
Pero también aprendes. Aprendes a celebrar tus pequeños triunfos: entender una conversación en inglés, usar el transporte público sin perderte, recibir tu primer cheque. Cada paso es una victoria silenciosa. Cada lágrima guardada es parte del camino.
La soledad del inmigrante recién llegado no siempre se cuenta, porque se vive en silencio. Pero está allí. Y es importante hablarla. Porque reconocerla es el primer paso para transformarla. Y con el tiempo, poco a poco, uno va construyendo un nuevo hogar. No igual, pero posible.
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